viernes, 12 de marzo de 2010

La vida como una ciudad

Me levanto temprano, amanece. Poco a poco mi cuerpo empieza a acostumbrarse al ajetreo que cada mañana yo mismo provoco. Corre, corre... de un lado hacia el otro como si alguien me estuviera persiguiendo. Sin más, parto e intento que cada día sea distinto dentro una rutina que organiza mi vida, que me provoca ese descanso que muchas veces no tengo. Y ¡ahí está! 

La vida es como una ciudad. Cada mañana es como la mañana anterior. Todo en el mismo orden, pero con un vaivén de personas, de coches... de gentes que parece que no saben a donde van ni de dónde parten. Es la ciudad. Cada lugar está lleno de muchas calles. Unas más anchas, donde el paseo puede resultar agradable, donde la gente puede disfrutar de un entorno cordial, seguro; otras, por contra, son callejuelas (y en muchas ocasiones callejones, sin salida) donde la presión de las paredes nos impulsa a correr aún más, sin rumbo.

De nosotros mismos depende escoger un camino u otro. Y en eso las ciudades sí que son diversas. Tienen muchos caminos. Nosotros deberemos escoger aquellos que más nos convengan, intentando sortear los peligros de la vida. Unos escogen los senderos que parecen más ligeros, por donde se puede llegar más rápido a un destino; sin embargo, no se percatan de que esa elección puede marcar el devenir de sus vidas.

El papel de los orientadores y de las familias es fundamental. Sin ellos, las vías parecerían estar vacías de semáforos y señales. Verdaderamente son ellos (nosotros) los que nos guían hacia un lado u otro; siempre el mejor de los posibles. Ahora bien, nadie puede elegir por nosotros. De nuestras ganas, de nuestra voluntad, de nuestros deseos y, sobre todo, de nuestra responsabilidad dependerá ser mejores o peores personas en esta vida.

Me siento un afortunado. Gracias a la familia que tengo puedo decir que soy como soy, y eso me enorgullece. Pude escoger entre varios caminos. Algunos, eran más oscuros que otros. Pero ellos siempre estuvieron y siguen estando ahí. Porque la orientación no es una acción puntual, sino que permanece a lo largo de la vida.

De la responsabilidad de todos depende que nuestros jóvenes sorteen el laberinto que les ofrece la vida y sean capaces de adquirir las competencias necesarias para respetar la señalización que entre todos establecemos: una sociedad basada en el respeto, en la igualdad. Una sociedad capaz de escoger el camino correcto.

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